El fin de semana fui a una feria y terminé pensando en la vida gracias a unos caballos, un burro con muchísimo carácter y un pequeño trozo de vidrio que el mar convirtió en arte.
Las carreras de caballos tienen siglos de historia y en Gran Bretaña llegaron a asociarse con la aristocracia, hasta ser conocidas como the Sport of Kings. Yo por recomendación de un local, aposté por el caballo que parecía tener todas las credenciales. Perdió. El ganador fue otro. La vida tiene un sentido del humor impecable. La lluvia se mantuvo alejada para poder disfrutar del evento.
Después llegó la carrera de burros en la feria. Yo esperaba algo digno de Shrek. Ellos tenían sin duda una filosofía mucho más relajada: caminar de lado, detenerse, mirar alrededor y preguntarse si realmente valía la pena tanta prisa. Uno decidió que quedarse quieto era una opción perfectamente válida.
Y, sinceramente, me hizo pensar y reírme un poco.
Pasamos buena parte de la vida corriendo detrás de algo: un buen trabajo, una casa, una relación, dinero, reconocimiento, respuestas… hasta que un día descubrimos que algunas de las cosas que tanto perseguíamos ya no significan lo mismo.
También había una artesana que recogía vidrio pulido por el mar y lo transformaba en preciosas obras de arte. El océano había hecho durante años lo que nosotros a veces tardamos décadas en aprender: transformar los bordes afilados en algo hermoso.
Y ahora que el verano comienza a despedirse y el otoño empieza a asomarse, la naturaleza nos ofrece otra pequeña lección: cambiar no siempre significa perder. Las hojas caen, los días se acortan y el paisaje se transforma, pero la vida continúa.
Todos llevamos recuerdos, experiencias y pequeñas historias que nos han ido formando. Unas nos hacen reír; otras nos enseñan. Algunas pesan y otras nos recuerdan cuánto hemos cambiado.
Eso también es crecer.
No necesitamos tener la vida perfectamente resuelta para disfrutarla. Basta con detenernos, mirar alrededor y reconocer que seguimos aquí. Respirando.
La vida es un regalo. No siempre viene con el envoltorio que imaginábamos, pero sigue siendo nuestro. Único e irrepetible.
Al final, cuando el mejor caballo pierde la competencia, el burro camina hacia atrás; llega el otoño y hay que cambiar los planes inesperadamente; lo más sabio puede ser reírnos un poco, respirar profundo y simplemente continuar.