La palabra “camino” significa tierra pisada una y otra vez por todos quienes pasaron antes. En el latín aparece “caminus”. Su etimología se ha relacionado con raíces célticas vinculadas al paso y al andar; caminar es literalmente dejar huella sobre una vía.
La vida es como un sendero impredecible. Encontramos caminos sencillos, llenos de señales antiguas a veces descoloridas por el sol que nos indican por dónde podemos continuar. Avanzamos cruzando parajes, montañas, bosques, desiertos, cruzamos mares y llegamos a lugares con personas que jamás habíamos ni esperado ni imaginado conocer.
Imagina un sendero de puro polvo y mucho viento. Una persona pasa una vez y apenas deja marca, la huella se borra. Viene otra persona, vuelve a pasar, unos corriendo, unos caminando, y otros pasan después otra vez.
Las huellas se van profundizando con los años, con las generaciones, con el pisar de todas las edades y géneros hasta que el camino queda ahí habilitado.
Así se van formando las historias familiares: encontramos huellas repetidas, en una manera de amar, de callar, de comunicar, de sanar y de vivir hasta darnos cuenta de que todos vamos pasando por el mismo camino brincando sobre los mismos pasos.
Identificar esa repetición de huellas puede convertirse en el punto clave para borrar viejas marcas y romper patrones transgeneracionales que generan algunas veces conflictos internos. Cada huella simboliza una experiencia ancestral.
Durante el camino nos toparemos con accesos cerrados, ya sea por haber llegado tarde, o porque no estábamos listos aún para entrar. Otros caminos se encuentran en reparación, lo que nos provoca frustraciones.
Aquellos senderos que terminan de forma inesperada sin tiempo alguno para poder despedirnos. Perdemos seres queridos; vivimos duelos. Volvemos a nacer y a empezar de cero.
Las personas que encontramos en uno de los caminos quizá no vuelvas a verlas jamás; su participación es momentánea.
Otros caminan a nuestro lado todo el trayecto, en todos los niveles de dificultad que implique, atravesando tormentas, días, noches, frío, calor; incongruencias, enfermedades, injusticias, alegrías y esperanzas, ellos están ahí acompañándote en tu andar.
Las bancas de madera de roble que encontramos junto al camino tienen el sutil objetivo de recordarnos la importancia de descansar, tomar una pausa no significa abandonar.
Seguir avanzando no siempre es la respuesta.
El cuerpo necesita recuperar fuerzas, la mente necesita silencio y el corazón implora por un espacio para escuchar con claridad lo que deseamos y procesar lo que sentimos para resetear la energía.
Al seguir avanzando, llegan las disyuntivas, veredas alternas, todas las dudas e incertezas y con ello la necesidad de elegir; abriremos la mochila y usaremos una brújula.
La brújula que llevamos es la sensación profunda que va diciendo: "observa, por aquí sí o por aquí no, ahora cambia de dirección, detente y presta atención", etc.
Desde una mirada espiritual, podemos imaginar esa brújula como la sabiduría profunda que nos llega de todos nuestros antepasados maternos y paternos a través de corazonadas en el pecho.
La brújula sirve para redirigirnos hacia la salida donde nos espera el siguiente aprendizaje, en donde el conocimiento de la ancestralidad servirá para calibrar la brújula y avanzar caminando guiados por todos ellos.
También llevamos otra herramienta luminosa y curiosa.
La intuición es una pequeña lámpara dentro de nosotros que se enciende en automático por sensor cuando el camino se vuelve solitario, un poco nublado u obscuro, esa pequeña luz que ilumina nuestros pasos cuando no podemos ver casi nada del sendero.
Una lámpara que se carga con fe, esperanza, amor propio, fuerza transgeneracional, seguridad, talento y la pequeña certeza interior que nos ayuda en conjunto a dar el siguiente paso cuando desconocemos el destino.
Nuestros ancestros dejaron huellas antes que nosotros. Todos caminaron dejando diferentes marcas de decisiones, silencios, pérdidas, aprendizajes, miedos y formas de sobrevivir.
Hoy muchas de esas historias siguen resonando en nuestras relaciones, nuestra forma de decidir, de llevar la vida, en nuestra salud física, mental, laboral y emocional.
Las lealtades familiares son las huellas particulares que encontramos al andar cuando reconocemos en el camino las mismas pisadas del padre, de la madre o de un abuelo.
Podemos con amor contemplar así de dónde venimos, ver nuestra historia y aprender de quienes pasaron por ahí antes y del peso que cargaron sus zapatos.
La transformación consiste en caminar nuestra propia vida dejando una breve aportación como señal y prueba de vida para quienes vengan después; dejaremos atajos con letreros: "por aquí pasé, aprendí esto y encontré otra manera de continuar para facilitarte el andar".
Caminar mirando únicamente hacia atrás al pasado también tiene un precio costoso: al no ver al frente nos podemos tropezar y nos perdemos paisajes maravillosos.
Vivir en el pasado nos roba la oportunidad de disfrutar el presente. Los recuerdos de un sendero andado nunca se borran de nuestro recorrido, nos enseñan a observar mejor donde vamos pisando.
Aligera la mochila. Algunas cargas las recibimos en nuestra propia historia. Otras parecen venir de mucho más atrás.
Honrarles a todos significa dejar en el piso junto al árbol aquello que ya cumplió su propósito.
Soltar no borrará la historia, pero sí aligerará la carga,
dejamos de caminar con lo que ya no necesitamos, lo que ya expiró, lo que ya no funciona. Ahora los hombros no pesan tanto. Los pies no cargan extra.
Soltar cargas emocionales que pertenecieron a otra generación es una manera de amarnos y respetarnos.
En cada paso, ya sea firme o en falso, vamos recolectando sabiduría. Observa, suelta, llora, sana, respira, aprende, disfruta, sonríe y comparte.
Al final, nadie puede caminar por nosotros y paso a paso, vamos dejando nuestra propia huella en la tierra.
Cuida tus pasos, cada elección puede transformar el camino que dejaremos para generaciones futuras que están aprendiendo a caminar.
Deseo que tu camino tenga muchas bancas de madera de roble para cuando necesites una pausa, que tu lámpara conserve siempre su luz cálida cuando oscurezca en los fríos inviernos o te sientas sin fuerza.
Que tu brújula tenga memoria ancestral para que sea capaz de recordarte quién eres en los momentos en que olvides la grandeza de tu alma , o cuando te sientas perdidamente atosigado en el camino por los millones de pensamientos que pasan por tu mente cada segundo.
Que tu mochila sea resistente, pero que vaya lo más ligera posible cada amanecer y puedas sentir la libertad de ir dejando en el camino todo aquello que ya no te corresponde cargar. Así como tener siempre espacio para guardar las sorpresas y bonitos regalos que la vida te dará.
Que camines con el corazón más liviano, con las personas adecuadas, con la mirada hacia adelante, viviendo el presente con los pies firmes en la tierra seca y que nunca olvides que detenerse también es una forma de avanzar.
Que la memoria de quienes caminaron antes te acompañe, pero que tus propios pasos te lleven al ritmo de los latidos hacia donde tu corazón desea llegar.
Con cariño,
Alyna
A mis Ancestros